La vida es un regalo

Carlos Ravelo Galindo, afirma:

Se estremece uno cuando escucha al secretario del Ejercito Mexicano hablar sobre la situación que prevalece en el país. De no haberlo visto y oído no lo  creeríamos. Lamentaba la tragedia en Jalisco, Colima, Michoacán.  El derribo de un helicóptero, la muerte de siete soldados, los 39 narco bloqueos. Las heridas  de muchos más. La zozobra que priva en el país.

 

Y sugirió en la ceremonia del sitio de Cuautla: “Rompamos con el sitio de la desunión, la intolerancia, la corrupción, la impunidad, la ilegalidad, la irresponsabilidad. En suma, marchemos como lo hicieron  las fuerzas de Morelos por un  mismo rumbo y venzamos con arrojo esos letargos”.

Nos quedamos pensativos. A quién se refería el divisionario, en su pronunciamiento. Sobre todo, más tarde, cuando hablo de los “apátridas” frente al joven mandatario, en el Campo Marte.

En fin, que nos sirva para recordar que la vida es un regalo.  Y tuvimos que aceptar como Silvia Schmidt, la autora, que no sé nada del tiempo, que es un misterio para mí y que no comprendo la eternidad. Y mucho menos lo que sucede en mi Nación.

Que mi cuerpo nunca sería inmortal, que él envejecería y un día se acabaría. Que estamos hechos de recuerdos y olvidos; deseos, memorias, residuos, ruidos, susurros, silencios, días y noches, pequeñas historias y sutiles detalles.

Tuve que aceptar que todo ello es pasajero y transitorio. Y  aceptar que vine al mundo para hacer algo por él, para tratar de dar lo mejor de mí, dejar rastros positivos de mis pasos, en el momento de partir.

Que mis padres no durarían para siempre, y que mis hijos poco a poco escogerían sus caminos y proseguirían ese tramo sin mí. Y que ellos no eran míos, como suponía. Que la libertad de ir y venir, es un derecho de ellos también.

Que todos mis bienes me fueron confiados en préstamo, que no me pertenecían y que eran, como fugaz era mi propia existencia en la tierra. Y aceptar que mis bienes quedarían  para el uso de otras personas, cuando  ya no esté por aquí.

Que barrer mi acera todos los días
no me daba ninguna garantía de que ella era propiedad mía. Y que barrerla con tanta constancia era apenas un fútil alimento que me daba a mí la ilusión de poseer.

Tuve que aceptar que lo que yo llamaba “mi casa” era sólo un techo temporal, que un día más, un día menos, sería el abrigo terrenal de otra familia. Y que mi apego a las cosas, sólo apresuraría aún más mi despedida y mi partida.

Aceptar que los animales que quiero, y los árboles que  planté, mis flores y mis aves, eran mortales. Ellos no me pertenecían. Fue difícil, pero lo tuve que aceptar.

Tuve que aceptar mis fragilidades, mis límites, y mi condición de ser mortal, de ser efímero, y ser pasajero. Lo tuve que aceptar para no perecer.

Yo tuve que aceptar que la vida siempre continuaría conmigo o sin mí, y que el mundo en poco tiempo me olvidaría. Humildemente confieso que tuve que librar muchas guerras dentro de mí.

Me rendí y acepté lo que tenía que aceptar.  Dejar de sufrir, lanzar fuera mi orgullo y mi prepotencia y volver a la simplicidad de la naturaleza, que trata a todos de la misma manera, sin favoritismos.

Tuve que aceptar que no sé nada del tiempo y que es un misterio para mí. Que no comprendo la eternidad y que nada sabemos sobre ella. ¡Tantas palabras escritas desde el principio, tanta necesidad de explicar, entender y comprender este mundo y la vida que en él vivimos!

Yo tuve que desarmarme y abrir mis brazos para reconocer la vida como es, que todo es transitorio, y que sólo funciona mientras estemos aquí en la tierra.

Eso nos  hizo reflexionar y aceptar, para alcanzar la paz tan soñada, que  la vida es un regalo que se nos ha dado.

craveloygalindo@gmail.com

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