Las mujeres de Oxchuc

De Octavio Raziel 

 

 

De lo profundo de la selva se escuchan gritos en castiza, tzeltal y tzotzil. Desgarran el alma y dejan profundo dolor. Son los de medio centenar de indígenas, mujeres y niños que oraban en Oxchuc acribillados mientras esperaban la llegada del Niño Jesús. Los heridos murieron ese 22 de diciembre de 1997 en un último refugio, entre la maleza de Chenalhó.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos consideró que Ernesto Zedillo y a sus secretarios de gobernación y de relaciones exteriores,

(Chuayffet y Gurria) ​deberían ser condenados por sus delitos de lesa humanidad. El tiempo y la política se han encargado de tender un manto de impunidad sobre sus actos delincuenciales y, remoto, casi una utopía, es pensar que se les haga pagar sus culpas.

    El poeta chiapaneco Roberto López Moreno, con la sensibilidad que le caracteriza hace un panegírico de aquella tragedia con “Las mujeres de Oxchuc” y del cual sobresalen párrafos llenos de dolor e historia.

                        Era la hora en que las almas se congregan para solicitar la gracia, el descenso de Dios a la tierra. El rezo, formando un tejido de rumores es el vehículo de la súplica, del pedido fervoroso a los poderes totales. Era la hora de la solicitud desde el más allá del alma, el instante sagrado era, cuando el viento de Acteal, el viento de la cigarra y de los olores  vegetales, se emponzoñó en medio de un estruendo.

                        En dos días más iba a nacer Dios sobre la tierra de Acteal. Era la hora en que por medio de los rezos debía bajar Dios a la tierra y de pronto, al pie de la enselvada montaña, sólo empezó a haber esto: mujeres y niños acribillados, por la espalda, porque los asesinos tuvieron miedo de matarlos viéndolos a los ojos.

                        Dios te salve, María, pero María Nichim, repetida veinte veces en la sorpresa y en el blanco del proyectil, no fue salvada; veinte veces María sintió las quemaduras del odio rompiéndole los tejidos entre los gritos de los niños de su vientre que no entendían qué oscuro rencor les había impuesto tan violento fin bajo un cielo que observaba los hechos desde su enorme ojo azul, indiferente.

                        Acteal está rodeado de altos cerros enloquecidamente verdes. Por ahí y desde la muy allá Oxchuc, hermana tzeltal del día tzotzil, tierra mágica y de historia, se ha visto vagar una sombra que sube montes, baja valles, penetra en el corazón de las espesuras y sólo algunos, muy pocos, gente que luego ha desaparecido también, por los mismos caminos, dicen, han dicho, haber hablado con ella.

                        “Yo hablé con esa sombra de los montes –aseguró el loco del último cerro- fue precisamente el día en que entraba al mundo el año dos mil; allá, solos bajo la  luna, me dijo que tres años antes del día en el que hablábamos y dos días antes del nacimiento de Dios, veinte mujeres, cuatro de ellas embarazadas y dieciocho niños iban a ser balaceados en Acteal, cuando rezaran en la reducida capilla hecha de bejucos y paja, al pie del enorme cerro, en la hondonada; que nueve iban a escapar momentáneamente, sólo para hacer más angustiosa su muerte, porque iban a ser perseguidos entre los breñales hasta que no quedara ni una sola alma latiendo entre el cielo y la maleza. Me dijo que así sería con los descendientes de las mujeres de Oxchuc, la tierra mágica”.

                        “Yo hablé con esa sombra de los montes”, aseguró el loco del último cerro. 

                        Los rezos, las plegarias, la petición humilde a las potencias primeras, la concentración de las almas es barrida de pronto por el tartamudeo de las armas de fuego; las paredes de carrizo se doblan dóciles bajo los impactos; la bestia sedienta se ha desatado con sus múltiples cabezas terríficas; la bestia con sus cabezas babeantes, en demencia total va por sangre.

                        Nadie asiste al auxilio de los que están siendo acribillados; eso se arregló desde el inicio del diseño; la estrategia cumple en sus rondanas de reloj. La gente indefensa, armada nada más por la fe que le llevó a orar en ese paraje de Acteal, empieza a caer en medio del fragor, sin el menor auxilio de nadie; están desarmados, son niños y mujeres; los están matando; están muriendo sin más opción que la de morirse lo más rápido posible; vuelve el ciclo a alimentar la tierra con la sangre de su propio barro.

                        Tambor, flauta, sonaja, para la Fiesta Grande. Entra Oxchuc a los reinos de Dios en las alas de la música. La danza florece. El rito sagrado se cumple. Esta es ahora la patria del estrépito. Se juntan los tiempos. En Acteal un disparo destroza el cráneo de quien reza.

                         “Yo hablé con esa sombra de los montes”, aseguró…

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